El gran Raúl Labastida Mendoza

«Raúl Labastida Mendoza fue de los pocos políticos que leía literatura. Y yo me daba cuenta que la disfrutaba cuando oía cómo, con vehemencia, hacía citas puntuales de algún fragmento de los libros que había leído»

Por Jorge Miguel Cocom Pech

Habíamos quedado en vernos pronto en Tulum para acabar de organizar un reconocimiento a la literatura maya contemporánea y, al mismo tiempo, al poeta Ramón Iván Suárez Caamal. De ahí que, antes de colgar el teléfono, me prometió:

-«Te hablo, mmmm… pasado mañana para que juntos afinemos los detalles del proyecto. ¡Ah! no te olvides que un fragmento del poema «Tulum», de la autoría del poeta calkiniense, lo mandaremos tejer con bejucos de la región. ¡Nos va quedar bien padre. Ya lo verás!»

Esas fueron las últimas palabras que en vida, desde el auricular de mi teléfono oí de mi amigo Raúl Labastida Mendoza. Ya nunca más, de viva voz, lo volvería a escuchar, pues al otro día, a través de las notas que cotidiamente nos envía Victoriano Robles, supe que lo habían herido en la cabeza y que estaba delicado de salud. Transcurridos algunos de ese acontecimiento, le escribí a su hijo un mensaje para animarlo a luchar por la recuperación de su padre; posteriormente, a través de Roberto Andrade Uscanga, -que reside en Tulum-le di seguimiento de cómo estaba en un hospital, creo que de Playa del Carmen.

A Raúl Labastida Mendoza lo había conocido en las oficinas  del PRI en la capital de Quintana Roo. Fue en la época en la que un amigo suyo presidía el liderazgo del priísmo quintanarroense; y aunque mi jefe inmediato tenía diferencias con el líder del partido estatal, Raúl y yo supimos mantener una relación de trabajo institucional. Sabíamos que, por encima de las diferencias ideológicas, incluso las partidarias, la amistad -la verdadera amistad- sobrevive al fanatismo político y sus «guerras intestinas». En esos años supe muy poco de su familia. Y como el trabajo al interior del partido nos ocupaba mucho tiempo, cuando coincidíamos en una actividad común, y teníamos un espacio para platicar, nos íbamos a los puestos de comida cercanos a las oficinas del partido y retomábamos comentar dos grandes obras que, por separado, cada uno de nosotros había leído: «El Partido de la Revolución Institucionalizada» y «Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu».

La última vez que viajé de Tulum a Chetumal me comentó los libros que había leído. «Fíjate, Jorge, que la actividad profesional de mi hija en la producción de películas me obliga a leer obras de literatura universal, claro, sin descuidar los libros de literatura escritos por mexicanos y de América latina. Eso me acercó aún más a los escritores de nuestro solar peninsular y que yo sólo conocía de habladas…»

Raúl Labastida Mendoza fue de los pocos políticos que leía literatura. Y yo me daba cuenta que la disfrutaba cuando oía cómo, con vehemencia, hacía citas puntuales de algún fragmento de los libros que había leído.

Y ayer, hablando de citas,  él acudió a su última: la cita con el fin de su destino.

Descanse en paz en su camino de la luz, el gran amigo don Raúl Labastida Mendoza.

ABOGADO, POLÍTICO Y HOMBRE DE LETRAS

Por Pedro Flota Alcocer

El fallecimiento de Raúl Labastida Mendoza nos llena de pena y deja a Chetumal sin otro de sus hijos claros y educados, vástago de una familia fundacional, padre de la propia y amigo de muchos de sus coterráneos, las circunstancias oscuras de su muerte dejan pendientes morales que será necesario aclarar en el futuro inmediato.

Abogado, político y hombre de letras, cultivó la palabra tanto como a sus amigos y a su paisanaje. El amor a su familia: padres, hermanos, esposa e hijos la manifestaba públicamente cada vez que le era posible y lo hacía bien, con sentimiento, con belleza, con amor. Fue mi amigo como lo fue de Enrique Alonso, también de Roberto Coral y de José Luis Alamilla y de muchos más y en el ejercicio de esos afectos siempre lo encontramos en el trabajo, en la mesa de una comida especial, en el trago compartido, en el poema disfrutado, en la vida común de esta ciudad que reposa abrazada a la bahía milenaria y que lo atrapó desde niño y para siempre.

Hoy murió y no sabemos con certeza porqué. La bala en su cabeza fue la causa física pero la razón de esa bala es la que no conocemos, es el motivo que alimenta la furia y la suspicacia. Las amenazas recibidas y sus múltiples confidencias sobre el origen extranjero de ellas son parte de los pendientes que se acumulan en el dolor de una sociedad agraviada y decepcionada. Su partida no es natural, no cumplió su ciclo de vida, la provocó una venganza o una acción delincuencial y, lo peor, es que nadie parece interesado en aclarar.

Hoy lo despido con el corazón estrujado por la pena, preocupado por su familia y adolorido por el amigo que se fue sin poder concluir sus pendientes de vida. Me escuece el alma advertir que el misterio se convierte en su mortaja y grito exasperado porque su familia merece el consuelo de la claridad sobre su muerte. Esta larga noche que hemos vivido se lo lleva con ella aún en las postrimerías de su penumbra. QEPD!

ESPERO HAYAS EMPACADO EN TU ALFORJA TODO MI RESPETO Y MI CARIÑO

Por Nicolás Lizama

Raúl, querido Raúl.

Siempre recordaré tu chispa; tu prodigiosa memoria; tus quejas a los cocineros porque la comida no era como tú querías; tu actitud presta para intervenir a favor de cualquier cristiano que te lo requiriera; tu carcajada de “no pasa nada, ahorita lo resolvemos”; tu “una más, bro y nos vamos”; tu plática estupenda -esos chistes fabulosos- y tus textos empapados con esa jiribilla que provocaba urticarias al infeliz destinatario.

Eras un chingón, de veras, políticamente hablando, les llevabas un considerable trecho de ventaja a cualquiera de esos bichos que hoy presumen de eminencias.

¡Uf!, tantas aventuras y tantos motivos para agradecer la existencia y para reafirmar:”Inche, Nico, la vida es bella y más por la gente con la que nos rodeamos!”.

Y sí, de acuerdo Rulo, ¡cuánta razón tenías!

Espero hayas empacado en tu alforja todo mi respeto y mi cariño.

El imbécil que te disparó, no sabe todo el daño que nos hizo.

Bien, ante lo inminente, procedamos porque si no, la casa pierde.

¿De qué la quieres, mi estimado Rulo? Serviré tres copas generosas -es más, va caballito doble, sin pichicaterías- una es mía y las otras dos son tuyas, una te la tomas con calma, el tiempo ya no importa, la otra te la llevas para el camino, que muy bien te la mereces.

Que tengas buen viaje, sin contratiempo alguno, y si lo hay, tú, artista de los imponderables, faltaba más, sabrás cómo resolverlo.